Sueño



Todo era increíblemente claro hasta un punto. Era aquí cuando la razón y la lógica se bifurcaban. Las visiones eran ciertas, lo cual no tenía nada de razonable y los eventos habían sido increíblemente lógicos; tanto así que el hombre nunca se daba cuenta de que sucedían hasta que pasaban. 

Nueva York era demasiado grande. Dependiendo de donde uno estuviese uno se olvidaba que podían existir las otras partes, o por lo menos no tan cerca, o por lo menos no en la misma ciudad. Cuando estaba en las playas de Queens a Finn se le hacía imposible que Wall St., la Estatua de la Libertad, Sarabeth y el Village estuvieran a unos viajes de distancia. Cuando estaba en Broadway le parecía increíble que existiera Conney Island y lo mismo le pasaba al entrar al MET, se olvidaba por completo de los Yankees de Nueva York

Amaba la ciudad a pesar de la soledad, su única compañía. Finn caminaba solo, comía solo y viajaba de un lugar a otro solo, pero nunca iba a cine solo por miedo a quedarse dormido en medio de la película y que nadie lo levantara con un suave codazo para darle fin a sus ronquidos. No. Definitivamente Finn tenía su dignidad. 

Todo comenzó tan de repente y tan natural como el zarpazo de un gato hambriento sobre su presa. Finn recibió el golpe sin darse cuenta y esa inmovilidad suya fue la que le permitió sobrevivir ciego por un tiempo. Entonces se dio cuenta. 

La primera visión le hizo sentirse loco. “No tiene sentido”,se dijo a sí mismo en voz alta, rascándose la nariz frente al espejo. Solo segundos después Finn se miró al espejo del baño, se rascó la nariz y en voz alta dijo “no tiene sentido” 

Al pronunciar las palabras se asustó. Deseó no haberlo hecho, pero había ocurrido, tan claro como el agua. Había ocurrido. “Lo hice dos veces” se dijo a sí mismo para calmarse y aceptar la situación –instinto de supervivencia- Sin embargo, en la parte de su pensamiento comenzó a gestarse una certeza aguda. Me estoy volviendo loco. 

La aceptación de su locura y las visiones llegaron al mismo tiempo. No le bastaron los psiquiatras ni los oftalmólogos de la ciudad que le aseguraban lo contrario cuando él aseguraba estar loco. “Es que veo dos veces ¿me entiende?” Los médicos asentían “entiendo, entiendo” le respondían, pero él sabía que estaba loco por más cordura que le diagnosticaran, por esa visión 20/20 de la que tanto hablaban y que insistían en diagnosticarle. 

Dicha insistencia no consistía una angustia para Finn sino más bien una rutina, era lo que se esperaba de él. Si uno cree que está loco pues va al médico y si este insiste en que uno no lo está pues uno va a otro y luego a otro, hasta que todos le dicen lo mismo, pero uno sabe que no es cierto. 

Así pues, Finn aceptó su locura de la misma manera en que aceptó las visiones, ellas pasaban y él no podía hacer nada para detenerlas. No tenía ni voz ni voto en algo que él no se había buscado así que, ¿Qué ganaba con resolverlo? 

Finn miró por encima de su cabeza, estaba acostado en su cama, arriba suyo solo tenía el techo. Ese fue el momento en que se dio cuenta que no tenía cuadros, ni fotos, ni diplomas en la habitación. Sintió como un cuadro le caía en la cabeza, como se desperdigaban por su cara los vidrios rotos y después la sangre y los chillidos ¿propios? 

Se quedó un rato así, embobado, esperando que un cuadro se materializara en su cabeza y le cayera encima.

Se había acostumbrado tanto a las irrealidades que nada le parecía demasiado absurdo. Un chillido lo despertó del aletargamiento. 

Era un llanto conocido. Se sacudió las migajas de pereza de encima y corrió hacia su hijo, un bebé de 13 meses con la cabecita sangrante y los vidrios desperdigados a su alrededor. 

Sin pensarlo, Finn agarró al niño, abrió la puerta, entró al metro y llegaron al hospital. Una Enfermera le sonrió al niño y calmó al padre cuyo semblante permanecía impávido. 

La Enfermera le entregó al niño horas después, con la cabecita vendada y un chupo en la boquita. Cuando llegaron a la casa el bebé lloró, la Enfermera le dio la teta al niño y luego se acostó al lado de su marido. 

“Finn” le dijo ella, pero casi no se le entendía, se rascaba la venda y hablaba con el chupo en la boquita “deberías salir a caminar, que te ilumine el aire fresco” 

“Tienes razón” le dijo Finn al techo de su cuarto y salió, no sin antes revisar bien que no tenía esposa ni hijo en su micro apartamento neoyorkino. 

Caminó dos cuadras y sacó un único cigarro del bolsillo, el ultimo que tenía. Hacia demasiado frío y él podía ver su aliento de cenizas entre la nieve. Entonces sacó el fuego y fumó el cigarrillo decisivo, uno tras otro hasta el aire se consumió. 

“Debería volver con mi esposa e hijos” pensó, y caminó determinado varias cuadras hasta que se acordó que no tenía esposa ni hijos y que vivía solo. Finn miró el cigarrillo y trató de recordar –por diversión- si era de noche o de día. No estaba tan loco. 

Buscó un carro en los alrededores para verse los ojos y comprobar si los tenía cerrados o si se le abrían. “Tengo miedo” susurró una voz. "La suya" pero no se daba cuenta todavía. 

Los elefantes tronaron.  Finn por fin se levantó y los miró a todos ansioso. Tenía los labios resecos y estaba sediento. Todo estaba oscuro excepto por el sol en su cara. El sol le exigía mientras otras voces a su alrededor se reían y murmuraban. 

“Señor, ¿la suya?” 

El viejo rebuscó en sus bolsillos y encontró el papel. La señorita lo tomó y bruscamente rompió un pedazo. 

Las risas se habían apagado, pero los murmullos continuaban, la señorita a lo lejos seguía exigiendo ver los papeles de cada uno. ¿Dónde estaba? ¿Qué era ese lugar? 

Finn lloró esa noche estaba muerto de miedo por primera vez en mucho tiempo. 



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